Jardines japoneses: un espacio exterior para enriquecer la vida interior

José Manuel Peñalver Romero José Manuel Peñalver Romero
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Desde el Imperio del Sol Naciente nos llega un nuevo concepto de jardín, sencillo, sutil y muy espiritual. La tradición japonesa crece ahora en todo el mundo gracias sus maravillosos jardines. Son espacios que tienen en cuenta los más mínimos detalles, diseñados con calma, paciencia y con muy buen gusto. El tiempo parece detenerse en estos espacios e invitarnos a un ejercicio de silencio e introspección. La vida sucede lentamente en ellos. Si por algo se caracteriza la tradición japonesa, es por su estrecha y ancestral relación con la naturaleza; somos naturaleza, venimos de ella y le rendimos culto. Manteniendo esta relación esencial, conseguimos aprender de la madre tierra, nuestra gran maestra; nos inspiramos en el sonido del agua al caer por una cascada, el alma se eleva al contemplar las flores de un cerezo o nuestros sentidos quedan anulados por completo al fijar la atención de la mente en el blanco de las piedras. Para las personas con inquietudes por la meditación y el estilo de vida zen, esta selección de ideas les despertará algo muy familiar. Para el resto, seguro que proporciona un momento de calma y sosiego. Ahora toca relajarse y dejar sentir.

La vegetación crece en silencio

En los jardines japoneses la vegetación más característica son los rododendros, los boj, cañas de bambú, cerezos o azaleas. En muy pocas ocasiones veremos una gran concentración de plantas o arbustos. La minuciosidad y el cuidado de los detalles es lo que distingue este tipo de jardinería, pocos elementos bien seleccionados y mejor colocados para provocar la inspiración y la calma.

Piedras con vida

Uno de los elementos típicos del jardín japonés es el uso de la piedra. Para ellos tiene vida, forma parte de un todo y merece su reconocimiento y consideración. Y a veces, sirve para marcar el camino a seguir. No es sólo un recurso decorativo, es también un ser con una naturaleza esencial a la que podemos acceder desde la meditación o contemplación. 

Armonía en los detalles

La composición de una jardín japonés en uno de los ejercicios meditativos más reconfortantes. Cada elemento es minuciosamente seleccionado y colocado en su lugar adecuado. Todo en perfecta armonía. No hay un único camino, hay infinitas posibilidades. Piedras blancas, piedras irregulares de gran tamaño, zonas con césped, columnas, arbustos… Todos conviven en el mismo espacio en un bello juego de unidad. 

Arena y color

El arte japonés se plasma de manera natural en su concepto de jardín. Mezclan colores y flores sobre un manto de arena blanca rastrillada que dibuja formas sinuosas y aleatorias, aunque siguiendo un mismo patrón: la actitud consciente y presente de quien maneja el rastrillo. El jardinero se convierte así en un ser espiritual que anhela el equilibrio interior.

Un cauce de paz

El pequeño jardín de algunas viviendas como los bajos, puede convertirse en un reducido oasis de calma y relajación. Arbustos, piedras y suelo de césped, estratégicamente colocados, pueden dar vida a espacios inertes. Un río de piedras nos señala el cauce por donde fluye la paz interior. 

Un lugar en el corazón

Un patio de luces central puede ser un magnífico lugar para instalar un jardín zen. El centro de la vivienda se convierte así en un lugar vivo que podríamos considerar el corazón del edificio. Un corazón que late al ritmo de la armonía. Una capa de grava blanca, un farol oriental, unas piedras de roca, un arbusto y un marco de piedra y madera construyen un espacio con una personalidad impactante. El estudio de paisajismo Jardines Japoneses firma este diseño minimalista que eleva el espíritu.

Sin principio ni fin

En algunos diseños de jardín japonés, la piedra y la grava adquieren el mayor protagonismo, relegando a las plantas y vegetación un papel de reparto. Quizás la naturaleza milenaria de la roca encierra una esencia inspiradora de calma y tranquilidad a la que resulta imposible renunciar por parte de un pueblo con una gran tradición espiritual. El rastrillado tiene su propia técnica, metódica, minuciosa para esconder dónde está el principio y dónde el final.

De Japón, a tu pueblo

En un entorno más rural el concepto de jardín japonés también se adapta perfectamente.En la parte de atrás de esta casona de pueblo, vemos como unas amplias estructuras de madera albergan un coqueto y sencillo jardín zen. En la parte baja, un magnolio y un pino japonés crecen sobre un mar de grava blanca; y en la parte superior, sobre piedras de rocalla otro pequeño árbol comienza a experimentar los rigores del otoño.

Fluye como el agua

El agua es otro de los elementos más típicos del jardín japonés. Puede incorporarse en estanques, arroyuelos o en una cascada como en esta imagen. Hoy en día, cada vez más jardines cuentan con un pequeño rincón zen con fuente decorativa que iluminada por la noche genera una atmósfera de quietud y contemplación. Y si al diseño se añaden estatuas budistas e ideogramas con mensajes, la experiencia se vuelve mística.

Un rincón en las alturas

Un rincón de un ático es un lugar maravilloso para instalar un jardín japonés sencillo y crear un espacio distinguido y casi de culto. Que no falte la grava blanca, las piedras, algunos arbustos y un árbol podado a diferentes alturas que recoge la más arraigada tradición japonesa por los bonsais.

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